Ese horrible deseo de pertenecer by Igor Ramírez García-Peralta

Ese horrible deseo de pertenecer by Igor Ramírez García-Peralta

autor:Igor Ramírez García-Peralta [GARCÍA-PERALTA, IGOR RAMÍREZ]
La lengua: spa
Format: epub, azw3
editor: Emecé México
publicado: 2021-06-04T05:00:00+00:00


Tercera parte

«Necesito botas para la nieve», pensé, al sentir mis calcetines mojados. Me quité la bufanda, el gorro y desabotoné mi abrigo, anticipando el calor bochornoso del metro, aquella tarde de sábado antes de Navidad. Dejé pasar el primer tren, con la falsa esperanza de que hubiera menos gente en el siguiente, pero Nueva York entera se preparaba para las fiestas. Abordé cuerpo contra cuerpo, con cuidado de no estropear el papel para envolver que traía en una de las bolsas. Descendí en Bedford Avenue, la primera parada de la línea L después de cruzar el East River rumbo a Brooklyn. Al subir las escaleras metí la mano en mi mochila para buscar el guion que debía memorizar durante las vacaciones. Lo encontré humedecido por la ropa empapada que había echado ahí esa mañana, al terminar la clase de yoga. Debí haber usado una bolsa de plástico, pero no tuve tiempo porque salí corriendo del vestidor. Huía de Jeff y de su sonrisa.

Corn-fed. Cien por ciento alimentado con maíz. A ese chico seguro lo habían criado a base de cereal transgénico y por eso tenía todo tan grande: las pestañas, los ojos azules y expresivos, sus magníficos labios color de rosa y aquellos hombros lo suficientemente amplios como para levantar un campamento sobre ellos. Jeff era el mismísimo sueño americano, extraído de una publicidad de Ralph Lauren, y no dejaba de sonreírme. Lo hacía sin la urgencia de las miradas que esquivaba en el supermercado, en los parques o, incluso, entre algunos de mis compañeros. Él no veía con hambre, sino más bien con alegría sincera. Sonreía con todo: con las pecas de sus mejillas, con la densa mata que resplandecía en su cabeza y hasta con la punta de su nariz. Llevaba semanas embelesado con su vitalidad y su escandaloso derroche de bondades americanas. Me fantaseaba empapado en su sudor sabor clorofila y con mi nombre posado sobre la perfecta blancura de sus dientes. ¿Sería actor? ¿Modelo? Lo imaginé estudiante de antropología o ciencias políticas en NYU, desconocedor del efecto de su físico, rebosante y crujiente como la mejor pechuga de pollo frito.

Me pregunté si aquella ilusión tendría, quizá, un ligero matiz de revancha. Más allá de los errores, las culpas y heridas que compartía aún con Héctor, el corazón de Jeff serviría de trofeo para confirmar que mi destino no estaba en la promiscuidad de la noche, sino en la paz de aquellas mañanas con aroma a palo santo y sabia. ¿Podría tener la fortuna de encontrar otro ejemplar de aquella raza de hombres apolíneos, sanos y alegres? Solo que aún más joven. Este era un chico de mi edad, con quien ensoñaba iniciar de nuevo, sin heridas, con cuidados y atento a las lecciones aprendidas.

Mi utopía se desmoronaba al suponer las vetas que quedarían expuestas cuando le dijera que era seropositivo. Tendría que compartir con él mi historia, todos aquellos relatos enlodados en rabia y deseo, tan lejanos a la inocencia bucólica que él transmitía. Me parecía improbable que alguien como Jeff pudiera aceptarme.



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